Luciano Floridi advirtió sobre la inteligencia artificial y el riesgo de adaptar el mundo a las máquinas

El filósofo italiano analizó junto a Jorge Fontevecchia cómo la tecnología está modificando los entornos y las conductas humanas, y planteó un escenario en el que las personas terminan adaptándose cada vez más a las necesidades y limitaciones de los sistemas de inteligencia artificial.

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En una nueva entrega de ‘Periodismo puro’, Jorge Fontevecchia conversó con el filósofo italiano Luciano Floridi sobre el avance de la inteligencia artificial y sus efectos sobre la vida cotidiana. Durante la entrevista, el periodista le planteó una de las ideas centrales de su pensamiento: si durante décadas se creyó que la inteligencia artificial debía incorporarse al mundo, en realidad el proceso podría haber sido inverso, con un entorno que progresivamente se rediseña para que las máquinas puedan funcionar. Ante la pregunta sobre quién termina adaptándose a quién, Floridi fue contundente: “Es un riesgo que vemos a diario, y no estamos haciendo un buen trabajo”.

Para explicar el fenómeno, el experto recurrió a un ejemplo que se remonta a las décadas anteriores al desarrollo de las actuales herramientas de inteligencia artificial. Recordó que, a fines de los 90 o principios de los 2000, los estudiantes dejaron progresivamente de consultar las bibliotecas y de buscar libros, artículos o versiones impresas de las fuentes. “Si algo no estaba en internet, no existía, y fin de la historia”, señaló. Para el filósofo, aquella transformación representó una primera muestra de cómo las personas comenzaron a adaptarse al entorno tecnológico en lugar de exigir que la tecnología respondiera a sus propias necesidades.

El mismo mecanismo, según explicó, puede observarse actualmente en la interacción cotidiana con los modelos de lenguaje. Floridi sostuvo que los usuarios muchas veces deben modificar su propia manera de expresarse para obtener mejores resultados de las máquinas. Como ejemplo, mencionó que durante un tiempo podía resultar más efectivo utilizar una expresión específica como “elevá la calidad de este correo” en lugar de simplemente pedir que algo fuera mejorado. De esta manera, señaló, el lenguaje y la actitud de las personas comienzan a ajustarse a las características de la tecnología, mientras que las máquinas mantienen sus propias limitaciones.

El consultado también relató una experiencia personal para graficar hasta qué punto las personas pueden terminar modificando un entorno para adecuarlo a las capacidades de una máquina. Cuando vivía en Oxford, explicó que tenía dos robots para cortar el pasto que eran inteligentes pero limitados, por lo que fue necesario adaptar el jardín para evitar que se desviaran y terminaran dañando las rosas. “Ponés una piedra acá, un límite allá, y listo”, contó, aunque destacó que detrás de esa solución sencilla aparecía una pregunta más profunda: quién estaba adaptándose a quién. El mismo principio, sostuvo, puede verse en espacios como depósitos y almacenes, diseñados alrededor de los robots y de las tareas que estos deben realizar.

El filósofo extendió esa lógica a otros ámbitos, incluida la forma en que se produce y se encuentra el conocimiento y recordó que, años atrás, algunos editores le pedían modificar los títulos de sus investigaciones para que los buscadores pudieran encontrarlas con mayor facilidad. Incluso contó que tuvo que cambiar el título de un trabajo para que Google lo encontrara mejor. “Eso es la optimización para motores de búsqueda, y ahí, ¿quién está optimizando a quién? Yo al buscador”, planteó. Para Floridi, la acumulación de estos pequeños cambios puede terminar configurando un mundo cada vez más adaptado a las máquinas.

 

 

 

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